Resulta que la búsqueda de la felicidad, del sentimiento de
satisfacción personal, ya no es cosa de gurús que dan consejos, sino que ha
entrado de lleno en el ámbito de las ciencias. Y algunos de sus hallazgos son
sorprendentes.
Muestran, por ejemplo, que hay más felicidad en el altruismo
que en el hedonismo, y en dormir más cada día que en comprarse un coche nuevo.
También se sabe que cada uno de nosotros tiene una felicidad
basal, dependiente de los propios genes pero no por ello marcada a fuego: es
posible manipularla... siempre que se descubran los comandos correctos.
Lo bonito del asunto es que entre quienes diseccionan la
felicidad para buscar sus ingredientes hay economistas, sociólogos o psicólogos
que publican sus trabajos en las revistas científicas de mayor impacto
internacional. Sí, hay una búsqueda científica de la felicidad.
Desde 2006 hasta ahora, la felicidad ha protagonizado más de
27.300 artículos científicos. Ahora hay un Journal of Happiness Studies
(Revista de estudios sobre la felicidad) incluido en el sistema de citas
científicas, y una World Database of Happiness, o base de datos mundial, que
recopila información al respecto.
La ola ha contagiado, además de a las editoriales -véase la
proliferación de obras alusivas, como Emociones positivas , del psicólogo
Enrique G. Fernández Abascal-, a áreas colindantes, como la economía.
Proyecto Happiness
La directora del proyecto, Susana Ferreira, del University
College en Dublín, espera que los resultados sean útiles para la toma de
decisiones "de la clase política y para el público en general".
Ferreira y el resto de los investigadores son economistas. Pero no son los
únicos en este campo. En economía es importante saber por qué la gente toma las
decisiones que toma, y esa pregunta ha guiado a Daniel Kahneman, premio Nobel
de Economía de 2002, hasta la felicidad.
Lo ha guiado, en concreto, a la siguiente cuestión crucial:
si la felicidad es el motor del comportamiento humano, habrá que saber cómo
medirla. "Las declaraciones directas de bienestar subjetivo podrían ser
útiles a la hora de medir las preferencias del consumidor... si esto pudiera
hacerse de modo creíble", escribía Kahneman en 2006. Y en el mismo párrafo
señalaba cómo en economía se da el mismo boom pro felicidad que en psicología:
entre 2001 y 2005 se publicaron más de 100 trabajos sobre economía y felicidad,
comparados con sólo cuatro entre 1991 y 1995.
Así pues, ¿cómo se mide la felicidad? Una primera respuesta
parece obvia: preguntando a los principales interesados. Las prestigiosas
encuestas del European Social Survey (ESS), que se hacen desde 2001, incluyen
la pregunta: "¿Cómo es usted de feliz?". Hay otras encuestas
similares: el Eurobarómetro y sus equivalentes en otros continentes, o el World
Values Survey (WVS), con datos de más de 50 países desde principios de los
ochenta.
Los resultados de estas encuestas pintan grosso modo el
siguiente panorama. En los países ricos se es más feliz que en los pobres.
Bien. Pero superado un nivel mínimo de riqueza, dinero y felicidad se
desacoplan: aunque la capacidad adquisitiva se multiplique, el sentimiento de
bienestar apenas varía.
La paradoja ya la señaló en los años setenta el economista
Richard Easterlin, y se corrobora a lo largo de los años. Fernández Abascal lo
ha expresado así: "Mis hijos tienen todas las videoconsolas y no son más
felices de lo que era mi padre, que jugaba con una cuerda y una caja de cartón
en la calle: tenían menos medios, pero los niveles de felicidad eran
parecidos".
Las encuestas del WVS también muestran que el nivel de
felicidad se mantiene más o menos estable a lo largo de los años, así como las
diferencias entre países. En los países nórdicos y en América latina se
declaran más felices que en Asia. Sin embargo, tras los últimos datos, del
pasado julio, Ron Inglehart, el responsable del WVS, llamó la atención sobre el
hecho de que desde 1981 la felicidad parece haber aumentado en 45 de los 52
países estudiados.
Inglehart y otros autores lo atribuyen a la mejor calidad de
vida en países que empiezan a salir de la pobreza y a la extensión de la
democracia, supuestamente asociada a más libertad personal. Pero, en cualquier caso,
la foto que proporcionan las grandes encuestas es para muchos demasiado
borrosa, así que tratan de afinar con investigaciones más precisas, a menor
escala. Algunas dan resultados sobre edad y sexo.
En general, hay coincidencia en que son más felices los
jóvenes y los jubilados. Un reciente estudio del Instituto Nacional de
Estadística francés (Insee), con encuestas realizadas después de 1975, revela
que, tras un bache en torno a los cuarenta años, la felicidad "remonta y
alcanza su apogeo durante los sesenta", independientemente del estado
civil o el nivel de renta.
Y el pasado julio investigadores estadounidenses -Easterlin,
entre ellos- analizaron décadas de datos antes de concluir que de jóvenes las
mujeres se declaran más felices, pero hacia los 48 años las cosas cambian y son
ellos quienes se sienten más satisfechos con sus vidas.
" En su
último informe, la World
Values Survey (WVS) coloca a la Argentina dentro del
grupo de países en los que claramente se ha observado un aumento del nivel de
felicidad. Así, nuestro país comparte una misma tendencia positiva con otras
naciones, como la India ,
Irlanda, México, Puerto Rico, Corea del Sur o Dinamarca. En el ranking de
bienestar subjetivo (que la WVS
elabora a partir de una ecuación que pone en juego la felicidad y el nivel de
satisfacción con la vida), la
Argentina se ubica en el puesto número 32, muy por sobre el
promedio de las 97 naciones evaluadas.



